Solo bastó un beso para que se miraran como si hubiesen roto todas las reglas.
Mientras se miraron a los ojos, fue inevitable un segundo beso.
En ese momento, el alcohol dejó a un lado penas, rencores y miedos dando rienda suelta a todos sus deseos.
Sus ropas hicieron un camino desde la entrada de la habitación hasta el borde de la cama.
El frenesí mezcló sus pieles. Colores azules, rojos y negros, sus alientos, su sexo y sus miradas.
Imposible borrar la escena de sus recuerdos y sus ojos.
Al final, solo quedará una imagen en su espalda, trazos sobre la piel que recordarán su carrera contra el tiempo, las adversidades y sus sueños.